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cultura occidental, mediante la idea de un progreso en continua evolución, ha conseguido sacar de sus raíces cristianas aquella fuerza y aquella savia vital que la ha llevado a crecer hasta alcanzar su culmen reconocible a grandes rasgos en el periodo histórico que va desde los años 60 a los años 70, cuando las esperanzas y los fermentos de cambio cultural y social lograron, de algún modo, poner en discusión como patrimonio del mundo los valores de la democracia y de la justicia social y a afirmar los principios inherentes a los derechos humanos y los de la ciudadanía para todos los hombres. Eran los años de la recuperación económica generalizada, que había sabido dejar definitivamente atrás los problemas ligados a la reconstrucción post-bélica y del naciente consumismo. Y este es el periodo, también, en el que mayoritariamente se afirma el principio de la solidaridad como base del desarrollo social y del funcionamiento de la economía, gracias a las políticas orientadas al llamado “estado del bienestar”; es decir, dirigidas a conseguir una redistribución más justa de las riquezas y al pleno empleo para todos, realizada en la mayoría de los países occidentales ( En Italia p. e. el Estatuto de los Trabajadores fue aprobado en 1970)
Más o menos en el mismo periodo, más exactamente el 11 de octubre de 1962, tiene solemne comienzo el XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica que se prolonga hasta el 8 de diciembre de 1965 y que, hasta hoy, constituye el máximo esfuerzo de autorenovación producido en la misma Iglesia en sus dos milenios de historia.
Aún fallando el objetivo de fondo, es decir el de repensar y volver a proponer las dimensiones originarias del cristianismo en términos de conciencia cultural, de dialogo y de apertura a los nuevos problemas del mundo y de la historia, el Concilio fue, de todos modos, una luz de esperanza que irradió sobre el mundo entero y que es, en parte, absorbida y vuelta a proponer bajo forma contraria por los movimientos juveniles de entonces. Con el 68 sucede una verdadera y auténtica ruptura cultural de tipo generacional que produce consecuencias significativas también en el campo de las costumbres y del compromiso social (piénsese p. e. en el derecho al estudio para todos madurado en la segunda mitad de los años 60, o bien en la ley del divorcio en Italia que se remonta a 1970). Aquellos movimientos se expresaron y consumaron en la contestación, en el anticonformismo y en la búsqueda de nuevos lenguajes político sin conseguir alcanzar, sin embargo, el necesario salto de calidad en orden a la formulación de una propuesta cultural eficaz; es decir, susceptible de generar un cambio sustancial y homogéneo con relación a los fermentos y a las expectativas de sus promotores.
Y mientras nuestro “viejo” mundo estaba interesado por todos estos cambios, en julio de 1969 un nuevo mundo, tan próximo a nosotros, era explorado por primera vez por un ser humano: la humanidad vive en aquellos días la emoción de ver por la televisión el desembarco del primer hombre en la Luna. Neil Armstrong, comandante de aquella misión espacial, desde aquel “punto de vista privilegiado”, pudo observar la Tierra como el lugar común para la realización de la felicidad entre los hombres. En cambio, ya en aquellos años, la proliferación de las armas nucleares, sobre las que se apoyaba el así llamado “equilibrio del terror” como eje principal del ordenamiento político del mundo, había introducido en la humanidad la conciencia inherente a la posibilidad de autodestrucción de la especie humana por parte del mismo hombre. Con el famoso informe del Club de Roma sobre ”los límites del desarrollo”, en los comienzos de los años 70, venía además sancionado el fin de una concepción del desarrollo entendido como crecimiento indefinido proyectado en el tiempo y, viceversa, se afirma lo insostenible de este modelo frente a la finitud de los recursos naturales del planeta y, por tanto, de la consiguiente posibilidad de destrucción del medio ambiente humano.

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Análisis histórico
Una época de cambios
Una época de cambios
Está en marcha un proceso de retroceso en el nivel de civilización que la umanidad había alcanzado, hasta tal punto que era reconocida por la representación común de la idea de un progreso en continua evolución. Era una concepción que tenía en si misma, implícita, la dimensión de lo infinito y la perspectiva de un futuro mejor, por lo tanto era una concepción que conseguía ofrecer a todos los hombres, esto es, independientemente de sus culturas, tradiciones y demandas religiosas, un horizonte común de sentido y el compartir referencias seguras. La cultura
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